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¿Por qué afiliarse a un Direct Primary Care? Una aproximación filosófica

Foto del escritor: Jorge Carrasquel
Jorge Carrasquel
24 ago
5 min de lectura

Si busca por qué es aconsejable afiliarse a un modelo de Direct Primary Care, encontrará casi siempre las mismas tres razones. Las tres son ciertas.

La primera es el acceso. Usted puede contactar directamente a su médico de cabecera, sin la fricción ni la burocracia de costumbre, y lo mismo vale para su familia. En un sistema de salud lleno de esperas, papeleo e intermediarios, eso ya reviste gran valor.

La segunda es que su médico llega a conocerlo. Como se establece una relación sostenida en el tiempo, tiene más datos sobre usted, ve a menos pacientes y dispone de tiempo para dedicarle.

La tercera es la prevención. Al vigilar su salud de cerca, es posible actuar temprano, cuando una molestia apenas asoma, y con los años eso suele significar menos enfermedad y también menos gasto.

Todo esto es cierto, y bastaría para justificar la decisión. Pero quiero detenerme en la segunda razón, porque se enuncia en una línea y casi nunca se explica: ¿qué significa que su médico lo conozca mejor?

Se suele responder que conocerá su historia. Y eso, que suena a obviedad, no se destaca como merece. Se trata de un salto a la vez clínico y filosófico: conocer su historia significa entender de otro modo su salud y su enfermedad, y las de su familia.

Verá: su salud es la expresión de una trama de vida. Y no lo digo por usted en particular; es así para todo organismo vivo. Cada organismo está acoplado a su medio y, para decirlo con más precisión, a su mundo. Ese mundo cambia sin descanso, y el organismo se adapta sin descanso: modifica su estructura para sostener el equilibrio que lo mantiene con vida. Cuando no lo consigue, enferma; y para sobrellevar la enfermedad, vuelve a cambiar. El organismo que se enfrenta a algo a los 40 años lo hace con la estructura y la capacidad que su historia adaptativa le provee.

En los seres humanos esa historia cobra una dimensión especial. Los demás organismos se acoplan a un medio, un entorno físico de estímulos y respuestas. El ser humano, en cambio, habita algo más: un mundo de sentido. Ernst Cassirer lo llamó un universo simbólico. Fíjese: con las cosas no nos relacionamos solo como presencias físicas, también las vivimos como símbolos. Gracias a eso, un carro es estatus, una montaña es sagrada y, lo más importante aquí, una vida es una trama con sentido. Las vidas concretas se nos muestran también como símbolos: de un ascenso o de una caída, de virtud, de amor, de odio.

Por eso su salud, su capacidad de adaptarse, es más que un equilibrio biológico: es el estado de una vida hecha de sentido. Cuando usted no duerme, cuando vive con la tensión alta, cuando una enfermedad se instala, eso le ocurre a alguien, y le ocurre dentro de una historia que significa algo.

Y como somos animales sociales, buena parte de esa historia es una historia de vínculos. El afecto deja una huella distinta de la que deja su ausencia. Esos vínculos también moldean la estructura, y tienen una cronología y un sentido. Es, de hecho, porque la tienen que existe algo como el trauma: un pasado que no se archiva como un dato: se hace presente y sigue obrando.

El punto: su salud depende, en buena medida, de la trama que la antecede. Y cuando decimos que un médico que lo conoce es uno que conoce su historia, es a eso a lo que nos referimos.

Ilustración editorial: una mujer de perfil; un hilo cálido sale de su pecho y se teje en tela, la salud como la trama de una vida.
Su salud es la expresión de una trama de vida.

Déjeme contarle una anécdota. Cambio los detalles que haya que cambiar, porque la persona importa más que el ejemplo. Lo esencial ocurrió.

Una mujer sufre un infarto leve. La atienden, le practican el cateterismo que corresponde y al día siguiente le dan de alta. Llega a nosotros, al principio, por comodidad de acceso, y porque en la urgencia nadie tuvo tiempo de explicarle qué le había pasado ni qué debía hacer a partir de entonces. A su alrededor, mientras tanto, recibía los consejos que todos imaginamos cuando no entendemos bien una situación: no corras, no tomes una copa de vino, no te alteres, no vaya a darte otro infarto.

En ON Care revisamos su caso con calma, y pudimos decirle algo que nadie le había dicho. Su infarto se había producido por un coágulo; en todo su sistema cardiovascular no había daño; y, por lo tanto, no cargaba con un riesgo especial de sufrir otro. La recomendación era casi la contraria de la que había recibido: en vez de encogerse, fortalecer. Moverse, entrenar, habitar el cuerpo en lugar de temerle.

Había otra razón para decírselo. Esa mujer estaba triste. Había entendido el infarto como el aviso de que su vida plena se terminaba, y de que en adelante tenía que replantearse todo. Mostrarle lo que de verdad había pasado fue, sobre todo, poder animarla: hay vida por delante, y mucha, para vivirla mejor.

Podríamos habernos quedado ahí, y habría sido una buena consulta. Pero era una persona que llevaba años durmiendo mal y con la tensión alta. Lo de siempre habría sido una pastilla y una rutina para dormir. En cambio, en una de esas conversaciones que solo caben cuando hay tiempo, apareció una pregunta que nadie le había hecho: ¿y siempre ha dormido así?

No. De niña no, ni de adolescente tampoco. Es más, en su familia todavía se recuerda que era bien dormilona. ¿Y desde cuándo cambió? Su respuesta: "Desde que me casé."

Había que conocer, entonces, la historia de ese matrimonio, que para ese momento ya había terminado. Hablar de por qué se había casado condujo, poco a poco, a hablar de la trama de su vida. Así, se le fue haciendo evidente a ella misma que había vivido en un estado de inseguridad y amenaza afectiva, tomando decisiones más desde el miedo que desde el deseo. A medida que eso cambia, a medida que siente que vuelve a tomar las riendas y que se conoce mejor, el sueño y la tensión mejoran, despacio. Ayuda que el acompañamiento sea constante, semana a semana, y no una cita cada tres meses. Se trata de acompañarla mientras reescribe su historia.

No quiero cerrar con una teoría, pero sí dejar una sospecha. El sueño, la tensión, incluso el modo en que el corazón trabaja, guardan relación con la vida que uno ha llevado. Un organismo que se siente amenazado no descansa. Cuesta bajar la guardia de noche cuando, sin ponerle nombre, uno ha pasado años sintiendo que, si no satisface a los otros, quedará irremediablemente solo; y a medida que esto se procesa y el gobierno de sí regresa, el cuerpo se permite, por fin, descansar. Lo que valió para ella, dicho sea de paso, no serviría como receta para nadie más: dio resultado precisamente porque era suya.

Nada de esto aparece en un análisis de sangre. Por eso conocer a una persona no es medirla; es leerla. Los exámenes miden un organismo; la historia se lee, porque está hecha de sentido. Y leerla toma tiempo: pide que la consulta sea una conversación y que dure lo que deba durar. Cuando la medicina se organiza por volumen, y es volumen lo que se le exige, esa conversación no cabe. Cuando lo que se establece es una relación, con la forma propia que tiene cada relación, el espacio aparece.

Esto es lo que se transforma cuando usted deja de ser un paciente entre muchos y pasa a ser alguien cuya historia alguien se propuso entender. Es la distancia que hay entre que lo traten y que lo cuiden.

 
 
 

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